jueves, 3 de abril de 2014

Tiempo de huir

Los circuitos que llenan con sus mareas y su recorrido el cascarón gigantesco con que está construido este microcosmos, naufragan por las cuadernas de esta máquina que junto a su hermanas, no deja de disparar vapores al cielo mientras se eleva entre las nubes: colchones de algodón escarlata llenos de óxido y smog. Este transbordador flota sobre la inmensidad de las montañas, explora los caminos del firmamento, por ahora y hasta que decida despegar al espacio exterior que es donde pertenece en realidad. Su tripulación se arremolina frente a las ventanas a la espera de la embestida del asteroide, saben que en instantes asomará cruzando la atmósfera una bola de fuego que los dioses han enviado para completar su ruina definitiva. La humanidad espera en vilo, nosotros flotamos fuera de la zona roja, la zona de riesgo en la que todo será arrasado y donde las olas de los mares se levantarán en crestas diabólicas sepultando y ahogando kilómetros enteros de superficie habitada; todo cuanto somos y hemos sido desaparecerá bajo el brillo de ese pedazo de estrella, de ese trozo de roca que los tragará con la expansión de sus megatones galopantes.
Somos ratas en el vasto laberinto, buscando el queso que nos degollará, que nos romperá el pescuezo al tocarlo, al primer contacto y la vida se escapará de nuestras venas y el mundo será nuevo en cuestión de unos cuantos siglos.
La noche brilla y el mundo tiene planeado desaparecer a lo grande, entre grandes fiestas y comparsas, con el mismo ruido que los detractores de Noé celebraron la lluvia que caía sobre sus cabezas, con la misma algarabía con que los vecinos de Sodoma adoraban el brillo que se formaba en el cielo y se hacía cada vez más grande hasta envolverlos con su calor infinito, con las centelleantes llamas que el cielo traía en retribución a su pecado.
            Ahora mismo nos encontramos igual, sólo que en posición de ventaja respecto a los que esperan allá abajo que no tienen idea de cómo el fuego acabará con ellos, mientras nosotros lo único que haremos será contemplar cómo se achicharran y sabremos por fin cómo les fue a los dinosaurios aquel día de hace setenta y cinco millones de años.
            Somos la obra maestra de la entropía, hemos evolucionado para potenciarla, nuestros cuerpos y lo que hacemos con ellos son una oda al desperdicio termodinámico: nuestras tres comidas diarias, la domesticación agrícola y animal, el Nilo sacado de su cauce, la hegemonía del cereal y las papas, el planeta tomado de las riendas sujetas a los tajos abiertos que horadan su superficie.
Un sistema frágil con el cerebro más poderoso, una bacteria en mi estómago y el núcleo de mi reactor orgánico se sobrecalienta, me inutiliza, fiebre la llamamos. Ni siquiera puedo mantener una rata en el estómago durante unas semanas e ir convirtiéndola en energía de a pocos, como las víboras; mi mano sobre el cristal de la nave, la panorámica de lo que en unas horas desaparecerá, basta el contacto con el cristal frío para que mi palma se vuelva loca por calentarlo, la huella que queda en el vidrio es el entrópico atisbo de mi inminente desintegración. El tránsito metastático de las células desenfrenadas que se reproducen en los cuerpos de tres científicos de los doce que llevamos a bordo y tratamos de controlar con una química antineoplásica que no sabemos administrar sin matarlos en paralelo.
            Ya está definida nuestra trayectoria, vamos a recoger agua en Europa, la luna de Júpiter, y seguir explorando hasta llegar a una tierra parecida a la nuestra, una tierra que podamos someter, que podamos depredar, en la que podamos como en la anterior estar en la punta de la pirámide alimenticia, sin competencia ni iguales que puedan sublevarse. Una Tierra que en unos cinco milenios o antes, podamos desechar para recorrer el universo en busca de otra, tan apropiada como las dos anteriores. De qué otra manera podríamos sobrevivir, cuál es la otra opción a la extinción definitiva, si no corremos con lo mejor que tenemos y en número pequeño para poder alcanzar sin lastre regiones parecidas, cómo ha de prosperar la humanidad, cómo ha de trazar su camino sobre las estrellas, si no trabajamos juntos desde estas naves en lograr lo que hace siglos hemos estado imaginando: encontrar una casa tan cómoda como la nuestra; jamás saldríamos de nuestra precaria medianía y moriríamos quemados bajo las vigas de nuestro propio hogar. Así que volamos al éter, porque es más seguro, volamos para poder decir al contrario de los otros, que sí pudimos sobrevivir. Y lo seguiremos haciendo mientras encontremos un planeta del que podamos sacar provecho, hasta dejarlo en la cáscara, inservible y árido, porque somos una plaga, una plaga inteligente que ha descubierto cómo viajar a otros campos y destruir como langostas que no dejan nada a su paso, así también nosotros nos abalanzamos como una oscura nube sobre la superficie de otros mundos.
            Tal vez esta misma tierra que consideramos nuestra propia cuna haya sido alguna vez abandonada por otros que dejaron de encontrar lo que esperaban encontrar, y la Tierra, tal cual la conocemos, sea un rebrote de aquel mundo que aquellos dejaron a la deriva. Mientras tanto, es nuestro turno de dejarla respirar, tal vez luego de mil generaciones los hijos de nuestra especie puedan repoblarla cuando vuelva a brillar en todo su verdor y azul espejo. Ahora sólo nos queda partir, antes guardaremos silencio durante un minuto (en atención a las antiguas costumbres) por la muerte de la mayoría de nuestros congéneres que sucumben allá abajo sin posibilidad de redención. Víctimas de nuestra selección, víctimas de ellos mismos, víctimas de nuestros padres y de los padres de estos. 

lunes, 20 de enero de 2014

El espíritu de un elefante camina...

El espíritu de un elefante camina y el batir de sus orejas hace temblar las cortinas de la cabaña; el calor se pega en la piel como la savia que chorrea de las acacias mientras los cuerpos se mueven sobre la superficie de las sábanas humedecidas por el sudor rancio que la pareja ha exudado mientras trataban de encenderse el uno al otro con la fricción lubricada de los pelos de sus pubis. Bajo los párpados los ojos se mueven despiertos y en sus cabezas cada uno se concentra en la idea de dormir pensando que de esa forma bajará la temperatura y podrán abrir sus ojos a la mañana como si la noche hubiera sido una nube oscura en un día de vientos rápidos. El relativo silencio salvaje es tan ruidoso como el relativo silencio urbano, debajo de cada piedra hay un millar de alimañas cuyos gritos microscópicos ensordecen con el aliento de una multitud. Las aves nocturnas se hacen oír entre los árboles, sólo para que sepan que están ahí y los rugidos de las bestias lejanas hacen eco en el vientre de los viajeros, un cosquilleo que viaja por todo el pecho y dispara latigazos de alerta a los que no pueden dormir bajo su refugio.

martes, 20 de agosto de 2013

Purgatorium palustribus

 Alrededor, alrededor, por un lado y por el otro
Los fuegos-de-la-muerte bailaban a la noche;
El agua, como óleos de una bruja
Ardía verde, y azul, y blanco.
— Samuel Taylor Coleridge,
«Balada del viejo marinero» 
                                                                                                          
    Inúndame en el perfume de tus flores, ahoga mi pecho con la ponzoña de sus efluvios, quiero flotar alrededor de filamentos púrpuras llenos de espinas, atravesado por las estacas hasta el corazón y los brazos, con los ojos cerrados mientras mis cabellos flotan como en el cielo a cámara lenta bajo un estanque verde té con leche, rodeado de fuegos fatuos, flotando perdido a la profundidad en que la luz todavía pueda recortar mi cadáver en criogenia, mientras en el lecho florecen las semillas jóvenes que escalarán hasta trenzar mis pies, arrastrarme y alimentar con mis restos las enzimas que producirán más veneno para los viajeros. ¿Por qué tienes tu huerta bajo el agua? ¿No había espacio alrededor de las flamas? ¿Se marchitan tus flores con el calor? ¿Acaso no inflaman la lumbre con sus gases, no le dan esos tonos lila a la niebla que corre sobre el suelo camuflando las aguas de los pasos negligentes.
    Ven a ver tu jardín, no tener que regarlo te hace indiferente, corta la hierba mala, que es toda la buena en medio de este vergel infernal. Ven a ver a tus niñas devorar el sueño de los difuntos, dejar los párpados cerrados para el final, para que debajo de ellos los ojos del peregrino sigan soñando su ruina en medio de pesadillas que consumen su conciencia a la misma velocidad que tus hijas desintegran sus despojos, el cerebro está intacto hasta el último instante, cuando no hay nada más, empiezan por el contorno y dejan el bulbo raquídeo para el postre. Lo sé porque lo he visto, he visto los hombres en sus huesos padecer los dolores de una fantasía que su mente nombraba piel.
    Tu ciénaga está al tope, tus bellezas crecen vigorosas, las almas pagan en lamentos las cuotas de su entrada al Cielo, unas a otras se llaman entre desgarrados gemidos sin atender los más mínimos pronunciamientos entre sí. Sólo se ocupan de gritar y nadie los escucha porque el grito sucede en sus propias cabezas mientras sus cuerpos se mantienen en suspensión. De vez en cuando, algún neurotransmisor hace temblar una pierna, un brazo; un nervio, atrofiado por los jugos gástricos de tus plantas, convulsiona algún miembro en la anatomía del sufrimiento. Son como piezas de laboratorio flotando en formol, sólo que no dejan de sentir el dolor de ser cocinados y comidos vivos. Sueñan, sueñan con su muerte, la definitiva y última. Mientras sólo tienen pesadillas que son la sublimación de todo lo que tus plantas les hacen en carne viva.
    No hay descanso en el perímetro de tu jungla, los fantasmas pasean entre tus penumbras, vagando indecisos, esperando que las ventanas del cielo o del infierno se abran de una vez, de una maldita vez, para no continuar soportando el hedor de los barros inmundos que cubren tu pantano de muerte y desolación.  ¿Qué esperas para darles libertad? ¿No tienes tú las llaves acaso? Sal ya de tu cabaña alumbrada por calabazas ardientes, sal de tu encierro, haz tu trabajo, no te quedes rezagada, jamás has estado sin empleo, toda la vida han tocado a la puerta, toda la muerte está resumida en tus últimas palabras; déjalos pasar, déjalos irse, ya no sigas más con esta tortura. Aplaca tu ira, tu inmovilidad, camina hasta ellos y dales la estocada definitiva para que de una buena vez puedan desaparecer en la eternidad, termina con ellos a la hora debida ¿tanto mal han hecho para merecer todos tus tormentos, son proporcionales tus suplicios diabólicos, o te entretiene ver sufrir a nuestra especie, cesa ya en tu regocijo, no aplaces la segunda muerta, ya bastante han sufrido estos desgraciados la primera para que continúes con tus contorsiones, con tus remilgos de gata que no deja de jugar con su comida.

    Manifiéstate de una vez, Oh, Ángel de la Muerte, tus infantas han terminado su trabajo, lleva mi alma a su última morada, sea arriba en la montaña o bajo el lecho de tu ciénaga. Sácame de este fétido jardín. Mátame de una vez con tu hoz, esta vez, última, definitiva, eterna.

lunes, 19 de agosto de 2013

La oscuridad exterior

Texto inspirado en la novela homónima de Cormac McCarthy

    Una jaula para pájaros en medio del bosque construida con el costillar de un hombre pendiendo en lo alto de un roble, en el pasto reposa su cráneo seco y en la jaula los pájaros anidan, entre las costillas alimentan los pajaritos, crecen y viven en el seco caparazón que la Muerte les ha dejado. Brilla en las noches el chillido, el chillido del murciélago, deja sus tibias guaridas y pasea por el bosque, entre los árboles rebotan las imágenes que sus gritos dibujan en sus oídos.
    Al pie de las montañas rezuma la niebla, el trote de un caballo a lo lejos y su relinchar en medio de la oscuridad exterior, en medio de los bosques perpetuos, inacabables, transita la noche en su espera del alba, tiene miedo de tanta oscuridad porque ha oído las botas de tres hombres en el pasto, el llanto de un recién nacido, los pasos de un solitario hombre con los pies enfundados en las botas de otro hombre, rico pero muerto, la orquesta infernal de chatarra que un hojalatero lleva en su carreta, los lamentos de una mujer descalza que busca a su hijo y los gritos cubren los Apalaches y los gritos ensombrecen la noche cada vez más, gritan por el alba que demora tanto en llegar, que parece que nunca va a llegar.
    De pronto asoma por el este la aurora, el alba y los pájaros matinales empiezan su concierto a mil voces y los fantasmas de la noche se sumergen en la plenitud de sus cuevas, esperando regresar triunfantes en cuestión de horas a los laberintos que ofrecen las tinieblas, para eso sólo hacen falta doce horas, para que la incontenible oscuridad exterior, se apodere de las fronteras de la noche en este inconmensurable bosque de alerces y pinos y robles, cipreses y más.
    Es sólo cuestión de horas, el día no tiene cómo escapar de la noche, no hay manera, es el destino del día por la eternidad morir en un tremendo manto de negrura, durante los siglos y horas, hasta que llegada la mañana se apodere de sus espacios otra vez, con su luz, sus cantos y reinar sus doce horas, hasta que las seis de la tarde lo haga palidecer, morir entre silencios hasta que la Muerte con su hocino tome por fin lo que es suyo y empiece el reinado de las tinieblas infinitas en este bosque donde ni la propia mano puede ser vista si no está asistida por la luz de la luna.

domingo, 4 de agosto de 2013

Disertación matinal

         Los espacios en que la soledad nos prodiga su compañía son aquellos que nosotros mismos provocamos, el inhabitado y angosto espacio que le cedemos en nuestra pequeña parcela de silencios, lejos de la plenitud que se asienta en la ciudad con sus innumerables gritos y cantos de sirena varada llamando a los marineros de los suburbios, invitándolos al suicidio en masa. Después de las cinco de la tarde, cuando ya todos están listos para salir de la oficina para entregarse en sacrificio en el altar del sofá a su dios el televisor. Huir al teatro por un par de horas de irrealidad. Olvidar las miserias de sus vidas y lo que están haciendo con ellas durante ocho horas en un escritorio al cual jamás quisieron sentarse.

Yo me paso las noches en la fiesta de mis propios silencios y duermo durante las mañanas a la hora en que mis demonios por fin han logrado apaciguarse y es durante las primeras horas en las que el mundo verdaderamente duerme, antes de eso sólo están regurgitando los resabios de frustración que implican sus vidas menesterosas.

Ahora, mientras un pajarillo navega sobre las horas azules del alba, me toca recoger los pedazos de la noche y sublimarlos de una vez por todas en una hoja de papel, los ronquidos citadinos son la música de fondo, el telón detrás del que se oculta el llanto de unos inocentes cardos en la penumbra celeste del jardín. Es tan físico como un hipopótamo, el silencio puede tocarse con las manos y la luz se parece a la de las últimas horas de la tarde con sus tibios agujeros, sin ser amarilla, es diáfana y tenue, incita al descanso, a la calma, al sosiego de una taza humeante de café y a dejar en paz el cenicero hecho una colinita de filtros apestosos durante la noche. La comunión perfecta del silencio y las palabras, el alma de un labriego esperando la cosecha y tomar el azadón para por fin recoger el fruto de la temporada… mientras un reloj marca las siete y el sol reclama a sus demás hijos.

Levantaos, trabajen y habrán hecho retroceder a la Muerte, por lo menos un día.  Los cuerpos se preparan para el desengaño, se disfrazan de responsabilidad, toman lanzas y palos, maletines y billeteras y salen disparados a montarse como piojos al autobús, en la ciega esperanza de que su trabajo le da sentido a su existencia, que hay dignidad en doblar la cerviz y hacer el trabajo de alguien más para llenarlo de dinero y forraje mientras se conforman con un porcentaje de todo, lo suficiente para que vuelvan mañana por más, hasta que la vida y los gusanos los reclamen.
Entonces me siento afortunado de poder sentarme a la máquina y darle golpecitos a estas teclas,  no hay mayor fortuna que usar el tiempo que tenemos (solemos olvidar que nos pertenece) y dedicarlo a los placeres del capricho, el de poner las palabras en orden sobre una superficie inmaculada, soltar los gases de la vida y pensar en todos los que no pueden darse ese lujo mientras están dormidos acostados en la resaca de una marea que ellos llaman vida y que sólo debería entenderse como mera existencia, como las orugas y los protozoarios.

He aquí el hombre, pálido y flaco, aviva la lumbre con un atizador, mientras afuera cunde el caos y él sólo atiende a lo que tiene al frente, para él y los suyos, nadie más importa,  nadie le va a dar un centavo gratis, nadie le va a regalar carbón, al contrario, tomarán a su mujer y violarán a sus hijas para dejarlo luego a los buitres cuando ya no tengan nada más que sacarle, sólo las lágrimas tendrán el lujo de evaporarse al sol, todo lo demás le será succionado, sin reparos, sin tregua, hasta que el último de sus dedos se haya retorcido en el lamento áspero del desierto que baña éste mundo.

 La máquina se habrá tragado su memoria y no quedará un solo espacio para dedicarlo a su recuerdo. Una ciega esperanza le ha sido conferida, es el signo que lo acompañará hasta el umbral de la tumba. Es por eso que ha tomado un pedazo de madera, le ha dado forma con una piedra afilada, lo ha torneado a su imagen y semejanza y le ha dado el nombre de “dios”. Le ha erigido un templo, un cobertizo al que le ha dado el nombre de Bolsa y ha apellidado “de valores” y toda su fe está puesta en ella, tiene pequeñas capillas que ha dado en llamar bancos y ha confiado la totalidad de sus posesiones a unos sacerdotes llamados especuladores. Vive confiado y seguro en el limbo que le han pintado desde la niñez, el mundo perfecto al que está seguro de pertenecer, mientras a unos kilómetros de su cómoda morada una mujer ha entregado a las brasas al menor de sus hijos porque tiene hambre. Pero el hombre y sus ojeras moradas, sigue creyendo en su paraíso personal. Su refugio-celda, el encierro voluntario al que se ha entregado, atendiendo los designios de un gigantesco hermano mayor, que vigila sin ser vigilado.
Los gritos que la caja proyecta se le antojan falsos, por más que un cintillo debajo anuncie: EN VIVO, todo es parte del teatro del mundo que ha sido diseñado para entretenerlo, a él y a los suyos, sus hijas y su mujer, que mañana han de ser violadas, como las niñas y mujeres en las noticias que ahora mismo él está viendo en la pantalla.


Asiste al acto de su propia conflagración vestido con sus mejores galas y pende de sus labios la colilla a medio apagar de un cigarrillo pequeñoburgués, se place en sus ademanes industriosos y no percibe un solo indicio de su inminente caída por la borda de su ruina. Su esperanza es inabarcable y está ávido de probar las delicias de su recompensa, sin saber que lo único que le espera es el amargo jugo de un mundo que está apunto de digerirlo. Un mundo que él ha ayudado a construir, un mundo en el que ha sido un pequeñísimo engranaje que ha llegado a su límite de oxidación y necesita ser reemplazado cuanto antes. Él mismo se embarra en aceite y persiste  en continuar trabajando como esclavo para la máquina que lo ha abatido, se confiesa el más diligente servidor del sistema que lo aprisiona y está expedito  para continuar  montando a sus hombros la interminable carga que se sirvan a colocarle encima: pierda cuidado, sírvase de estos omóplatos austeros, llénelos como dos conchas, ponga más ladrillos si así lo precisa, pero no me amontone con el orín y no me lance al fuego de la fundición para que de mis restos se alimente otro que no tiene nada que ver conmigo. Pero así es, está determinado que no continúes más allá de tus propios años y cedas la plaza a quien pueda hacerlo ahora con más eficiencia. Tu hora de morir ya está aquí, no esperes piedad, no esperes que te den una tregua, no hay tregua para las criaturas como tú, no hay segundas oportunidades, sólo eres un roído trozo de entrópica materia a punto de ser devorado por el vórtice del imparable universo, el cosmos entero prescinde de ti ahora  y para siempre hasta que necesite otro poco de ti y a partir de tus restos confeccione el alimento que servirá para dar de comer a quien necesite formar y alentar para poder utilizarlo en sus campos de labranza hasta que al igual que tú se consuma en la desesperanza y el desasosiego en este mundo que el dios que tú has creado creó. Por fin oirás las campanas que doblan a la muerte del único ser que importa, tú mismo, ahora y para ti, mientras pergeño estas líneas durante los silencios del alba, mientras tú duermes y sobrevives un día más a tu muerte vecina.

jueves, 11 de julio de 2013

Regar una hoja

Y la página sigue vacía, mi renuencia a soltar los hilos que me atan a la realidad espejada en mi propia pantalla, provoca que el tiempo siga caminando de puntillas y en silencio hacia la ventana, se lanza una y otra vez y las caídas menguan su tamaño, de manera que al final de la noche sólo es un homúnculo cuyas patitas garrapatean las primeras líneas de una historia que si no escribo hoy tal vez no escriba nunca, con la probabilidad de que los legajos y las imágenes que provocaron su semilla se desvanezcan en algún archivero de mi cabeza llena de agua que hará correr la tinta de las palabras y la acuarela de esas imágenes; cuando abra el casillero, un líquido oleoso y verde oscuro me estará esperando para chapotear en sus restos y de las manchas que queden en mis dedos tentaré la posibilidad de escribir una historia más sórdida que la primera, que huela a humedad y guardado, que rezume el aroma a almizcle de la postergación, que me muerda el calcañar reprobando mi desidia y recordándome con cada parada para pensar o tomar un sorbo de  café, mi pobreza de ánimo para acabarla cuando su espíritu me fue revelado puro, desnudo y sin arrugas. 

Tendré que asumir un aire paternal, tomarla por el cuello, la cara contra los botones del teclado, subirle la falda, descubrir su sexo sin quitarle la ropa interior, moviendo a un lado la tela roja que cubre su orificio húmedo y rosáceo y penetrarla hasta que grite, que gima y en cada clamor me entregue algo que valga la pena escribir, cerraré los ojos y mis oídos tomarán nota de cada uno de sus maullidos hasta que su boca me traspase todo cuanto logre dar, para apuntarlo en papelitos amarillos y en un bloc de hojas pautadas.

Cada vez que sienta un cosquilleo en las piernas subir por mi vientre con una procesión de hormigas volcánicas, le permitiré un respiro a mi historia y me permitiré bajar el ritmo para no derramar la agria leche del final. La amaré, pasaré mis manos bajo sus brazos, las posaré sobre sus pechos y apretaré un poco para fundirme más con ella, volveré a galopar rápido, con las hormigas cargando su muerto como si el camposanto fuera a cerrar en dos minutos, está vez con las manos firmes sobre las asas de sus caderas, con la carne de mi abdomen claqueteando sobre sus nalgas, otra vez el húmedo rocío fluyendo a mi alrededor, entra, entra, no dejes de entrar, conjuran sus lubricaciones. En un instante pararé del todo y me deleitaré en el tibio refugio de su vientre, mientras ella apacigua el resuello y sus pestañas gotean sudorosas sobre sus párpados cerrados, ahora ella es quien empieza a tomar parte activa y se contorsiona hacia adelante y atrás con furia hidráulica, en reclamo de lo que todavía no se le ha pagado; el recipiente listo que se apresura a alcanzar al cucharón que lo hará rebalsar, el continente que espera la inyección del chorro que será la invitación a detenerse lentamente y dejar que las convulsiones de su cuerpo desgasten los choques eléctricos que bajan desde su cuello, hormiguean en su espalda arqueada, navegan alrededor de su ombligo y estallan en la cima rosada de su clítoris inflamado mientras sostiene su humanidad con las manos sobre el escritorio y las piernas abiertas con los tacones perforando el suelo.

Te tengo y aún no he acabado, eres mía y aún me perteneces, sólo puedes irte si me dejas todo lo que tienes, yo me vengo, pero tú te derrites toda y estas páginas son el papel secante con el que te recojo; el testimonio del placer y la lucha queda velado por los pedacitos que compongo con tus restos y están tan mezclados que no hay sombras de mi presencia, quedas tu sola, virgen otra vez, blanco sobre negro.

miércoles, 10 de julio de 2013

La caza silente

Es angustiante y se siente muy bien a la vez , un coctel muy fuerte de terror y urgencia. Las ideas de muerte y tiempo no te abandonan por un solo instante y la compulsión es creciente hasta que se agota el número de las listas y no hay más por acechar, y sabes que no vas a poder acabar con todos, sabes que es imposible porque el tiempo que te ha tocado no alcanza para tu monumental ambición. Pero las ansias están ahí y a pesar de que sabes que no puedes porque es vitalmente imposible, tienes una secreta esperanza.

 Tu cerebro reptiliano cede a cuentagotas y tus latidos se espacian cada vez más, amainando la tensión en tus arterias. Comienzan los tañidos de la resignación y tu hemisferio izquierdo empieza a optar, clasifica cada una de las posibles víctimas a corto plazo, las más fáciles de encontrar, fáciles por accesibles, pero no por menos complejas, sabes que hay cierta exquisitez en la dificultad y que lograr algo que otros también podrían hacer no tiene tanto mérito. Si vas a transgredir, por lo menos sé original, te dices. Y aunque sabes que ya otros han hecho lo que tú te propones, esperas la oportunidad de hacerlo a tu manera, con el método que con los años te has labrado y tomándote el tiempo que mejor creas conveniente.

El isóptero que mastica entre las fibras de tu cabeza es éste: No puedes disfrutar de tu víctima porque estás pensando en la siguiente. Es muy común, no eres el único al que le pasa. Tienes tu presa desangrándose, el cuello colgando de tus fauces y en la llanura corre la siguiente; peor aún, te observa quieta con ojos inánimes mientras devoras a su congénere. Un impala atónito, tal vez su hermano o su primo.

¿El consejo? Cierra los ojos, o ábrelos bien, pero sólo para lo que tienes entre manos, muerde bien, si puedes súbete a un árbol con ella, nunca faltan las hienas que quieren picar un poco de tu botín, aunque sean solo pellejos que intentarás apartar de su vista. Corta, disecciona, desmenuza, cata, saborea, chasca tu lengua, así, al separarla del paladar y traga a ritmo lento pero continuo.  No pierdas detalle, porque no sabes si será la última vez que te encuentres con espécimen parecido y lo más seguro es que después de acabar con él, querrás probar algo diferente; a menos que caces una sola variedad y respetes la cadena trófica, entrégate a los afanes de la experimentación.

Una vez acabado tu festín, te alejas. Contemplas el cadáver y la modorra te invade. Pero despiertas, porque sabes que puedes engullir la carroña. ¡Adelante!, come. Los buitres planean en un cielo que se llama olvido y tú no quieres darles ese privilegio.

La digestión es rápida y en nuestro caso estimulante, y a pesar de que tienes varias opciones cerca de ti, te da por explorar, a veces te sorprende un manjar inesperado u otras tomas de lo que hay más cerca; casi nunca importa cuál haya sido tu elección, las más de las veces estás contento al terminar y te felicitas por tu buen gusto o por tu gula indiscriminada, según el veredicto de tu conciencia.

Se cuentan entre los placeres de tu crimen: el silencio y la soledad, la posibilidad de convertir en trofeo íntegro tu alimento y caza, compartirlo con amigos y aposentarlo en la memoria.

Así pasa cuando escoges y lees un libro y vives con la certeza de que no tendrás el tiempo suficiente para devorar todos los que quisieras. 
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